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POBREZA EXTREMA "Familias sobreviven en barrios carcomidos por la precariedad"
| Siete personas viven bajo un pequeño
techo de zinc, ya casi inexistente, traspasado por múltiples agujeros
que pronto necesitará volver a ser reparado para dar cobijo a un
hogar con piso de tierra y de muros viejos y oxidados
SANTO DOMINGO.- Un polvo amarillento que se levanta al soplar la brisa obstruye la vista de unas calles sin asfalto y un conjunto de humildes casas. Es el paisaje que recibe a todos cuantos llegan al Barrio Chavón de Los Alcarrizos, ubicado en las afueras del municipio, después de la Zona Franca. Casas diseminadas en un desorden organizado, fabricadas con diferentes tipos de materiales, zinc, madera y blocks se levantan imponentes para albergar los sueños y vicisitudes de familias de escasos recursos. En el sector se ubican “ventorrillos”, que en una u otra casa ofertan aguacates, guineos, dulces y hasta helados en fundita. Todo lo que se pueda hacer “para poder conseguir unos chelitos”, según comentan sus propietarios. Con “un lavao o un planchao”, si aparece, doña Rosa Madera lleva el sustento diario de las cuatro nietas con las que vive en una pequeña casa de madera y zinc, de apenas dos cuartos y un baño. En la mañana preparó unos víveres con huevo para que todos en casa se alimentaran. Explica que siempre trata de darle “un desayuno pesao a las niñas”, por si no aparece nada más tarde. Para Rosa, que ronda los 50 años, la economía en estos días no la trata muy bien, ya a su edad el único empleo que puede conseguir es haciendo labores domésticas en alguna casa, donde Chiripeo renueva cada día la esperanza de esta gente le ofrezcan unos “chelitos”. Hace cuatro años su esposo murió y desde entonces ha tenido que dedicarse a buscar “donde sea” el sustento de la familia, sin contar con unos ingresos fijos, pero consciente de que los gastos son siempre los mismos: Alimentación, Pago de Servicios, Educación y Salud. “Comer es primero” Siete personas viven bajo un techo de zinc, ya casi inexistente, traspasado por múltiples agujeros que pronto necesitará volver a ser reparado. El hogar no tiene piso y las paredes están construidas con latas viejas y oxidadas, aún así, Sonia Arias, de treinta y ocho años, no ha dejado que las circunstancias mengüen su fe y su agradecimiento a Dios, a pesar de que casi todos días amanece sin dinero en sus bolsillos para comprar alimentos para ella y los miembros de la familia. Sus mayores pertenencias son una estufa de mesa, la lavadora y una radio que les costaron años de trabajo, pero permanecen arrumbados en una esquina esperando tener recursos para repararlos. Nunca han tenido televisión ni muebles, apenas unas pocas sillas en mal estado y entre todos comparten las únicas dos camas. Su hija mayor, de 20 años, tiene dos niños y acaba de terminar el bachillerato. Es la única que tiene trabajo fijo en la casa, como doméstica gana 2,800 pesos mensuales, mientras que su padre trabaja de vez en cuando como cobrador de guaguas. Chiripeo renueva cada día la esperanza de esta
gente En las amplias fosas, ahora llenas de hierba y lodo, se ceban los cerdos que algunos de sus moradores crían para su sustento. Inocencia Manzanillo, de 19 años, sale cada tarde a vender los yaniqueques que prepara en la mañana. Es madre soltera. Lleva en su vientre a una niña, aunque apenas se le nota. A su lado está su hijo, de 4 años, que la acompaña a todos lados. La venta apenas le genera 20 pesos netos que utiliza para la merienda del niño cuando éste va a la escuela, y aunque los yaniqueques solo cuestan dos pesos, la demanda es más bien escasa. “Si aparece un limpiao o un lavao, lo hago, y mi papá hace cualquier chiripa”, es como explica Inocencia su subsistir diario. Vive junto a su padre y otras tres personas. Sin embargo, la única entrada fija son los 2,500 pesos mensuales que gana su papá como guardia forestal, mientras la comida suele salir de las pequeñas cosechas de víveres de un pedazo de tierra que cultivan. Le acompaña Yaniris Mercedes, que también reside en La Cloaca. Con altas y bajas, su marido, un carpintero itinerante que unas veces trabaja en el pueblo y otras se marcha a Higüey “a buscar vida”, logra sacar adelante su pequeña familia. Y es que la pareja apenas tiene un hijo porque “los tiempos no están para parir muchachos”. Su esperanza es una cerda recién parida que su esposo compró junto a su madre para obtener dinero para los útiles escolares del niño. Desde distintos lugares, estas familias comparten una misma realidad. En comunidades como éstas, tan golpeadas por la pobreza, sus habitantes no pueden hablar del presupuesto familiar porque sus ingresos, por demás escasos, ni siquiera son fijos. |
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