

Hoy iniciamos un artículo que sin lugar a dudas refleja el sentir de miles de padres a lo largo de este país y de todos nuestros países a lo largo de la geografía de la tierra. Me refiero al sentimiento de frustración que experimentamos los padres cuando nuestros hijos asumen conductas que les hacen daño, pero que sobre todo quebran ta las expectativas que habíamos puesto en ellos.
Desde los orígenes del mundo los seres humanos nos hemos dado una serie de reglas, principios, normas de conductas las cuales entendemos que son validas, que le dan sentido a nuestras vidas, y nos permiten convivir en paz y armonía con nosotros mismos, y con nuestro grupo social. Estas normas de conducta es lo que denominamos “valores”. A lo largo de la existencia de la humanidad la familia ha sido la responsable de transmitir estos valores de generación en generación.
El paso de los años y los cambios que se han generado con la evolución del mundo, han provocado modificaciones tendentes a mejorar y reforzar esos valores. Es fácil rememorar las predicas que nos ofre cian nuestros progenitores además de nuestros abue los(as), tios(as), maestras (os), y hasta los amigos de la familia sobre la importancia de la moral, la honestidad, el pudor y las buenas costumbres. Estas enseñanzas sobre valores eran práctica mente un código de ética que cada miembro de la familia se sentía orgulloso de cumplir y enarbolar o mostrar al mundo como un valioso tesoro.
Nuestros valores constituian un freno al mo mento de tomar decisio nes. En los casos en los que violabamos una de estas reglas o principios surgia en nosotros un sentimiento de culpa que en la mayoria de los casos nos hacia revisar nuestra conducta y tratar de modificarla, evitando por todos los medios posibles el volver a cometer la misma falta. Todos los miembros de la familia sentia mos un gran orgullo de nuestros valores morales, familiares, eticos y espirituales lo que daba calidad humana a nuestras vidas.
Contrario a ese arsenal de normas y reglas positivas, tambien han existido desde siempre lo que podríamos llamar los “antivalores” que podria mos definir como una serie de conductas indesea bles, desconectadas de las reglas de la convivencia pacifica y del respeto entre los seres humanos. Estos antivalores dejan como resultado el rechazo de nuestras familias y de la sociedad.
Entre esas conductas negativas o antivalores podemos mencionar la in moralidad, la deshonestidad, la falta de honradez, la irresponsabilidad, la in justicia. Además podemos señalar la promiscuidad en el aspecto sexual y el apego a los vicios. La característica principal de estos antivalores es que logran destruir al individuo como ente social, a la familia como estructura básica, y a la sociedad en término general.
¿Que podemos hacer? Por suerte, los se res humanos disponemos de un
instrumento vital que nos permite mantener nos apegados a nuestros principios
y valores, y enfrentar los antivalores, me refiero al “Concepto Propio”.
¿Que es el Concepto propio? Simplemente una combinación de “como
nos vemos” y “como nos queremos”. Es decir concepto propio
es la percepción o la idea que tenemos de nosotros(as) mismos(as).
Si nuestro concepto propio es fuerte, positivo vamos a ser capaces de vernos
como seres “Únicos”, “Especiales”, “Muy
Importantes”, percibimos que tenemos “Un gran Valor”, sentimos
que “Todo lo podemos Lograr”, y sobre todo entendemos con claridad
que tenemos el derecho y merecemos “Ser felices” . Además
con este concepto propio positivo estamos en capacidad de lograr realizar
nuestros sueños o proyectos de vida. En el caso contrario si tenemos
un concepto negativo de nosotros mismos simplemente nos vamos a ver como un
simple objeto que ocupa un lugar en el mundo, que no tiene ningún valor
ni importancia.
Es común sentirse como un ser inadecuado e incapaz y en el peor de los casos vivimos una vida vacía, sin objetivos claros y por lo regular nos sentimos desgraciados e infelices. En este caso, en el que tenemos un concepto propio negativo, en el que es difícil aceptarnos como somos, y no llegamos a querernos a nosotros mismos, en el que aceptamos que los antivalores guíen nuestra existencia.
Aquí la vida pierde sentido, no existe motivación para estudiar o superarse, los proyectos de vida ya no tienen valor y los seres humanos nos “cosificamos” es decir nos volvemos un objeto, una cosa. Mis queridos lectores me despido de ustedes por ahora. En el próximo numero continuaremos con versando con ustedes sobre este tema que en los actuales momentos afecta tantas familias en el mundo.
Que Dios derrame su bendición sobre todos nosotros y nos brinde la
paz y felicidad que merecemos.

P.O.
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